El blog de Gustavo Mata

Estrategia: Las reglas del juego en los negocios

Category: Reflexiones personales (page 1 of 8)

¿Corregir las debilidades o reforzar las fortalezas?

Me educaron los Jesuitas; y debo reconocer que me han marcado para toda la vida.

En el Colegio en el que estuve cuatro años interno, cada quincena nos calificaban en las diferentes asignaturas y además en las llamadas “generales”: estudio, urbanidad, conducta y piedad. Yo en las asignaturas normales sacaba muy buenas notas, pero en generales no eran tan buenas. Comprobé enseguida que si mis notas eran buenas, mi señor padre no decía nada de que mis notas generales no fueran tan buenas. Me distaría en el estudio, eso no daba más que para un 7, era un poco trasto y en conducta mi nota más repetida era 8, en urbanidad siempre sacaba 10 y en piedad… La verdad es que salvo que jugaras a las cartas durante la misa, cosa que nunca ocurría, o algo así, la nota más baja en piedad era un 6 sobre 10. Sólo recuerdo una vez en que un compañero suspendió. Yo solía tener 10. ¿Cómo lo lograba? Os cuento…

En el Colegio era obligado asistir cada día a misa: eran 30 minutos en la capilla en los que éramos observados atentamente por algún Padre. Yo iba encantado a misa, aunque mi espíritu a veces, muchas veces, volaba por encima de mí, y mi mente se alejaba de la misa para adentrase en cualquier espacio imaginario de los muchos que pueblan las mentes de los niños entre once y quince años. Eso era un riesgo para que mi nota de piedad bajara. Había una alternativa: en el Colegio había muchos Padres y todos decían misa todos los días a primera hora en las muchas capillas laterales de la Iglesia principal, y cada uno de ellos necesitaba un monaguillo. Esas misas duraban mucho menos, pues no había homilía; algunos de los Padres, los más rápidos, decían misa en apenas 15 minutos, pero era improbable que, incluso para los más lentos, durase más de veinte. Y era más divertido: ayudabas al Padre a vestirse, contestabas en latín, ayudabas a poner el vino, tocabas la campanilla en la elevación, en fin… el trabajo de un monaguillo; muy divertido, sobre todo comparado con lo que suponía simplemente asistir a la misa en la capilla principal. Y la nota en piedad mejoraba hasta llegar al 10.

Yo procuraba ayudar al P. Villoria. Sentía una simpatía especial por él. Era Biólogo y era un sabio. Nos daba Ciencias Naturales. Yo atendía mucho en las clases y, como el tema me entusiasmaba, nunca se me olvidaba nada de lo que él decía; casi no necesitaba estudiar y siempre sacaba nota excelentes. Cuando nadie en la clase sabía contestar una pregunta, invariablemente me preguntaba a mí, que siempre sabía contestarla y él comentaba en voz más baja pero audible: ¡qué chico!, ¡qué memorión! Vamos que nos caíamos bien.

Un día el P. Villoria, al terminar la misa, además de regalarme un puñado de pasas –le encantaban; siempre llevaba una bolsita de ellas a mano- me preguntó: ¿Gustavo tú quieres ser santo? Yo le dije que sí; entonces él me dijo ¿Y sabes que tienes que hacer para ser santo? Pues no, le contesté. Mira, si quieres ser santo, sólo debes concentrarte, todo el día, en hacer cada día mejor lo que ya haces bien. Fíjate bien en eso, no lo olvides; y luego cada noche piensa en lo que haces mal y en cómo corregirlo; pero con eso no te obsesiones; obsesiónate con reforzar tus virtudes, antes que con corregir tus defectos. ¿Tú sabes que todos los santos tienen defectos? Pues no, le dije. Pues sí, me dijo él; y eso no les impedía ser santos. ¿Por qué? Porque tenían tremendas virtudes que habían perfeccionado heroicamente. ¿Me entiendes?; Si Padre, admití, pues le había entendido perfectamente. Me insistió: tus defectos, hijo, probablemente te acompañen a la tumba, irá contigo en tu ataúd el día que te entierren; es muy difícil corregir los defectos; aunque debes intentarlo, no te olvides tampoco de eso; pero lo importante es luchar cada día, durante todo el día, por mejorar tus virtudes. Eso es más fácil, y te llenará de alegría ver los avances, lo que hará que cada día sea más y más fácil mejorar hasta llegar a rozar la perfección. Piensa, Gustavo, que los santos son siempre alegres; no hay santos tristes; si estás obsesionado con los defectos te acabarás poniendo triste; y eso no te ayudará a conseguirlo, te lo imposibilitará.

No se me ha olvidado y nunca me he obsesionado con corregir mis defectos; a lo mejor por eso tengo tantos.
En estrategia pasa lo mismo. Es más importante para una empresa reforzar permanentemente las fortalezas, que obsesionarse con corregir las debilidades.

Final de curso

Estos días hemos estado todos muy atareados. Los participantes en los programas: ultimando trabajos, estudiando, preparando presentaciones, pasando pruebas y exámenes; los profesores: de tribunal en tribunal, corrigiendo pruebas, calificando proyectos.

Y luego: las ceremonias de graduación, las cenas de fin de curso… Parecía que nunca se iba a acabar y, ya veis, se acabó, ¡se acaba todo!

Pero ¡qué intensidad de experiencia compartida, qué emocionante y qué interesante para todos! Ya sabéis lo que digo siempre: en los programas de postgrado aprendéis más unos de otros de lo que los profesores somos capaces de enseñaros; y el que más aprende de todos siempre es el profesor. Gracias por vuestras preguntas y por vuestras dudas; es lo que nos hace acabar cada curso sabiendo algo más de lo que sabíamos al comienzo.

Pero, ¡cuidado a la vuelta a la vida normal! Habéis trabajado tanto, habéis sacrificado tantas horas, habéis hurtado tanto de vuestra presencia habitual a amigos, familias, novios y novias, maridos y esposas, hijos e hijas, etc., que ellos se han tenido que acostumbrar a esa ausencia, se han organizado sin vosotros; y puede que ahora tengáis que acostumbraros a su nueva distribución de horas en las que vosotros habéis perdido cuota. El aterrizaje debe ser suave. Incorporaos poco a poco al régimen de vida habitual. No atosiguéis a nadie. Poco a poco todo volverá a su cauce, pero ya nada será igual. Sois diferentes.

La vida es sólo un camino que no se sabe bien en qué termina, ni a dónde nos lleva. Por eso es tan importante vivirla bien, aprovecharla a tope; puede que sea sólo eso: un camino en el que cada uno deja a la generación siguiente sus genes -si ha tenido ocasión- su experiencia, su forma de estar, su conocimiento, su enfoque, etc. Por eso es tan bonito ser profesor: porque a uno le deja la ilusión de haberos dejado, al menos a algunos, al menos algo de eso.

Ayer un alumno me dijo, al despedirse, que yo le había dejado huella. ¡Qué comprometido! ¿Qué clase de huella? me pregunto. No me atreví a preguntárselo. Pero ¡qué bonito! Al final te das cuenta de que das clase para que alguien, de vez en cuando, te diga algo así. ¡Gracias!

La vida no es tan efímera como a veces parece

La primavera de la vida se nos suele hacer larga: casi todos pensamos que somos niños demasiado tiempo; y la deseada adolescencia, cuando al fin llega, resulta, en muchos aspectos, frustrante. En ese tiempo, llegar a reconocerse en ese ser que nos acompaña es duro; cuando empezamos a lograrlo es que ya somos adultos. Y entonces empezamos a darnos cuenta de que hay cosas que hemos perdido para siempre y que sólo residen ahí, en el recuerdo, en el reino del hubiera sido…

En la madurez se suelen concretar los éxitos y los fracasos, que -como dice Tagore- son las dos caras de una misma mentira; llegan las ilusiones cumplidas y también la certeza de que hay proyectos que se van a quedar en el camino. Ahora no basta con reconocerse, es la hora de asumirse; y, a veces, no es fácil. No se trata tanto de llegar a ser coherente como de llegar a ser consciente de nuestras contradicciones y aprender a vivir con ellas.
Y en el otoño de la vida, cuando todo inevitablemente decae, aunque a veces decaiga incluso con esplendor, empieza a no tener sentido mirar hacia atrás; a estas alturas mirando hacia atrás apenas se ve con precisión casi nada; la memoria deforma la realidad como los espejos de las ferias: a veces el efecto resulta cómico y a veces dramático o incluso trágico. Tampoco es un momento para mirar decididamente hacia adelante: ¡da vértigo!

Y cuando los días se hacen cada vez más cortos y las ráfagas de aire frío nos anuncian que el invierno ya se acerca. ¿No será el momento de centrarse en el presente, disfrutar del regalo de estar vivo y de las sorpresas que la vida depara a quien espera aún algo de ella?

¿Y después?: sólo duraremos lo que permanezcamos en la memoria de quienes nos quieran. Por eso se hace tan evidente que lo que buscamos al llegar a viejos es, simplemente, eso: que nos quieran. Pero los méritos para ser amados entonces ha habido que hacerlos antes: ¡a tiempo!

¿IZQUIERDISTA LIBERAL O LIBERAL DE IZQUIERDA?

¿Qué soy: un izquierdista liberal o un liberal de izquierda?

Voy a utilizar el famoso gráfico de Nolan para explicar mi posición.

Soy partidario de la libertad individual, no me gustan nada los rebaños, soy un individualista radical, lo que me ubica en la parte izquierda del gráfico.

Y creo en la libertad económica como la mejor forma de reasignar los recursos;  pero para ser libres necesitamos reglas que cumplamos todos; y la libertad económica plena deja a muchos de los menos capaces fuera del sistema, lo que fomenta una desigualdad obscena que acaba frenando lo mejor de la libertad económica, que es la más eficiente asignación de los recursos.  Soy esencialmente solidario, y creo que los servicios de salud  deben estar al alcance de todos: no soporto la idea de que alguien pueda estar desasistido en sus problemas de salud desde que nace hasta que muere. También creo que la educación debe ser accesible para todos, por lo que debe haber un buen sistema público de educación y una política de becas eficiente que logre que ningún talento se quede sin desarrollar por limitaciones económicas. Todo eso me ubica en la parte media del cuadro de Nolan en la dimensión vertical.

Está muy claro lo que no soy: ni totalitario de izquierdas ni de derechas; el comunismo y el fascismo me repugnan. Tampoco soy neoliberal ni tengo nada que ver con el “tea party”; ¡no me gustan nada! Pero que haya tendencias de pensamiento político que no me gusten no me separa ni un milímetro de mi sentir profundamente democrático. Me encanta la frase de Gregorio Marañón: “Ser liberal es, precisamente, estas dos cosas: primero, estar dispuesto a entenderse con el que piensa de otro modo; y segundo, no admitir jamás que el fin justifica los medios”. Por eso me escandalizo tanto de hasta dónde hemos llegado en este siglo XXI en esta supuesta defensa de la libertad que implica saltarse todos los códigos éticos y las más elementales normas del derecho.

Pero, ¿qué soy?: ¿un izquierdista liberal o un liberal de izquierda? Pues no lo sé muy bien. También me encanta la frase de Indalecio Prieto:  “Soy socialista a fuer de liberal”. Prieto fue redactor y propietario del diario bilbaíno El Liberal, y militaba en el PSOE;  junto con Fernando de los Ríos integraba el sector más moderado partidario de  “la libertad para ser libres”. Los primeros socialistas fueron liberales radicales. Y los inventores del estado moderno y sus límites a la libertad económica fueron también liberales. No está muy de moda serlo, pero al final creo que soy un típico socialdemócrata. ¿El último que queda?

ENTUSIASMO

Parece que el entusiasmo es algo propio de la juventud; con los años es más difícil entusiasmarse con nada o con nadie; ¿es inevitable que los años nos lleven a perder la capacidad de entusiasmarnos? Charles Kingsley decía: “Los años arrugan la piel, pero renunciar al entusiasmo arruga el alma”; el gran poeta y escritor nicaragüense Rubén Darío escribió que “lo único que necesitamos para ser realmente felices es algo por lo cual entusiasmarnos”; también Gregorio Marañón recomendaba que “no dejáramos que el entusiasmo se nos apagara nunca”.
Según el diccionario de la RAE, entusiasmo es, en primera acepción: exaltación y fogosidad del ánimo, excitado por algo que lo admire o cautive; y en segunda: adhesión fervorosa que mueve a favorecer una causa o empeño. Prefiero la segunda. El ánimo fogoso no me gusta nada. El entusiasmo es también, según el diccionario de la RAE, en tercera acepción: el furor o arrobamiento de las sibilas -mujeres sabias a quien los antiguos atribuyeron espíritu profético-; en cuarta: la inspiración divina de los profetas; y en quinta: la inspiración fogosa y arrebatada del escritor o del artista, y especialmente del poeta o del orador. Ese furor, esa condición de inspiración divina, de profético arrebato, a mí me resulta repulsiva. Soy un idealista entusiasta, pero abomino de los profetas. Creo que el hombre es dueño de su destino y que los profetas nos han hecho mucho daño; a veces nos obsesionamos con las profecías y éstas, por nuestra obsesión colectiva, y no por otra cosa, se acaban cumpliendo.

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