El blog de Gustavo Mata

Estrategia: Las reglas del juego en los negocios

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TIPOS DE INTERÉS

Ayer el Banco de Inglaterra recortó, por sorpresa, los tipos de interés en 1,5 puntos porcentuales, hasta dejarlos en el 3%. Cierto es que la economía británica se encamina con paso firme, más firme que el nuestro aún, hacia la recesión; el PIB disminuyó un 0,5 % en el último trimestre y las previsiones para el próximo futuro son muy malas, mucho peores que las del área euro. Para intentar atajar la crisis el Banco de Inglaterra bajó los tipos fortísimamente, y lo hizo pese al alta inflación británica que en septiembre llegó al 5,2%, cuando el objetivo para este año era que no superara el 2%. La lucha contra la inflación ha pasado a segundo plano ante la crisis económica; dicen que “confían en que los precios vuelvan a bajar pronto” sobre todo por la bajada del precio del crudo.

Por su parte, como se esperaba y casi se había anunciado, el BCE recortó medio punto el precio del dinero, hasta el 3,25%, su nivel más bajo desde octubre de 2006, y, el otrora hermético, Trichet deslizó que prevé nuevos descensos si la inflación cae más. Si la tendencia a la baja de los precios de consumo prosigue, el BCE no descarta recortar aún más los tipos en la reunión de diciembre próximo; ayer una parte del Consejo de Gobierno planteó la posibilidad de rebajar los tipos hasta el 3%, aunque la decisión de dejarlos en el 3,25% se tomó por unanimidad. Se trata con la medida de paliar en lo posible la situación; la zona euro entrará en recesión el próximo trimestre y el crecimiento no retornará al menos hasta dentro de dos años, según las previsiones de la propia Comisión. La inflación en la zona euro, que es lo que por mandato debe vigilar especialmente el BCE, se situó en octubre en el 3,2%, cuatro décimas menos que en septiembre y seis menos que en agosto; pero está lejos del 2%, objetivo fijado por el Pacto de Estabilidad. También El BCE confía en que el precio del petróleo baje o se mantenga y que eso haga que la inflación baje.

Todos los gobiernos, los partidos políticos, los sindicatos, los consumidores y las patronales aplaudieron la decisión del BCE de bajar los tipos. Si acaso le reprochan al BCE que no los bajara aún más. Los estados cada vez tienen dinero más barato y en mayor cantidad; los ahorradores no se atreven ni a abrir la boca aunque cada vez se pague menos por su dinero y acuden a las emisiones de deuda pública aunque los tipos sea ridículos, pues siguen sin fiarse de ninguna alternativa.

Y las bolsas saludaron la grata nueva… con fuertes bajadas generalizadas. No hay nada que las pueda sacar de su pánico. ¿Qué está ocurriendo?: en una situación normal con la economía creciendo razonablemente, y los tipos de interés y la inflación en tasas normales, una bajada de tipos en unos pocos puntos porcentuales anima la economía, la hace crecer más, aunque eso pueda hacer repuntar algo la inflación; y una subida de tipos enfría la economía ralentiza el crecimiento y suele recortar la inflación a medio plazo. En una situación así las bolsas reaccionan al alza si los tipos de interés bajan y a la baja si suben, además de por cuanto hemos dicho, porque la sustitución de poner el dinero a plazo en depósitos de interés fijo se hace más o menos atractiva respeto de la opción de invertir en acciones. Pero ahora nada de eso ocurre.

En el año 2001, tras los atentados del 11 de Septiembre, para reanimar la economía, se utilizó por parte de la FED una política de tipos muy bajos, igual que la que se sigue ahora allí y aquí, que estuvo en el origen de lo que ha venido después: con tipos bajos, tan bajos que eran como ahora inferiores a la inflación, es decir negativos, se abordaron inversiones de excesivo riesgo y poco rentables, que en una situación diferente, con tipos más altos no se hubieran abordado; el resultado fue el crecimiento, sí, pero en una parte basado en la burbuja inmobiliaria que se montó al calor de los tipos bajos. Luego vino la ocurrencia de dar créditos a quien no los podía pagar para cobrarle tipos más altos y hacer negocio, pensando en que sólo el incremento de los precios de los inmuebles que parecía que nunca se iba a acabar, en un mercado que no paraba de demandar viviendas, era garantía suficiente para el caso probable de impago. Ya sabemos que por si acaso, para no correr riesgos, ese crédito bien retribuido pero inseguro se vendió a terceros y que para disimular su calidad se mezcló con créditos de mejor calidad y se calificó mejor de lo debido por las agencias de rating. Con la peste incubándose, esos créditos camuflados en productos estructurados, se repartió por todo el mundo; y cuando la burbuja empezó a desinflarse por los impagados todo estalló y al cabo de un año estamos como estamos. Muchos bancos han tenido problemas de solvencia al tener que tomar las pérdidas, y ha habido que salvarlos. La crisis de confianza subsiguiente ha hecho que éstos y los demás bancos hayan entrado en una crisis de liquidez, pues se han retirado muchos depósitos y no hay banco que no sea en sí mismo un problema de liquidez y que pueda sobrevivir a una retirada masiva de depósitos; también ha habido que inyectar liquidez para salvarlos. Pero como nadie se fía de nadie los bancos aún en liquidez no prestan a terceros ni se prestan entre ellos con lo que entramos en problemas todos y la recesión se instala.

Ahora estamos en una crisis muy gorda, gordísima, no estamos en una situación normal. La economía está entrando en recesión, y soportaremos una nueva depresión.

¿Qué hacer ahora con los tipos de interés? Lo razonable en este contexto es decir: y yo que sé; o, como todo el mundo dice, que se deben bajar más aún los tipos. Pero, hagamos lo que hagamos con los tipos, hasta que la confianza se recupere, las bolsas seguirán arrastrándose por los mínimos o bajando más aún, nadie invertirá en crear nada, el paro aumentará y todos lo pasaremos mal. Sólo cuando la confianza vuelva a la economía, y no lo hará de golpe sino lentamente, se sabrá bien qué hacer con ellos.

Yo creo que, por eso mismo, no es bueno bajarlos tanto. Creo que aunque la inflación estuviera controlada no es sano que estén los tipos tan bajos. Estamos repitiendo los errores de 2001. No es fácil decirlo pero tipos tan bajos no nos ayudan. A Trichet, que lo estaba haciendo muy bien, le han torcido la voluntad y ahora es una marioneta movida por otros desde las bambalinas. ¡Que no nos pase nada más!

BOTÍN: ¡BANQUERO, A TUS BENEFICIOS!

BANCO SANTANDER prevé ganar un 14% más en España y un 20% en Reino Unido en 2009.

Ya ha incrementado el 5,5% sus beneficios de los nueve primeros meses y prevé aumentarlos un 14%  en España – puede ganar en 2009 alrededor de 11.500 millones de euros – y en Reino Unido un 20%, en 2009. Quiere llegar a ser el tercer banco del mundo por beneficios.

En este año ha comprado tres bancos: uno, Sovereign, en Estados Unidos, y dos, Alliance & Leiscester y Bradfort & Bringley, en el Reino Unido; y no descarta seguir comprando.

Además no va a pedir ayudas al Gobierno español, ni al británico ni al norteamericano, que han abierto esa posibilidad a toda la banca, ni para dar entrada a dinero público en el capital ni para vender activos que alivien su liquidez.

Le han recomendado que no diga que le va tan bien para no molestar a los que no les va así: otros bancos y consumidores. Yo no se lo recomiendo. Ojalá hubiera más como él. Ya hay bastantes tristes: ¡qué lo diga!

Los banqueros es difícil que generen simpatía y la imagen externa del Sr. Botín no es muy adecuada  a mi juicio, para caer bien, pero hay que rendirse ante su forma de hacer banca. ¡Vaya carrera que lleva! ¡Enhorabuena! Y que dure.

Crisis: ¿qué crisis? Para él no hay coyunturas.

HAY QUE INVERTIR EN EDUCACIÓN

Esto está claro, hay que gastar en educación. La educación rinde resultados casi de inmediato. No es verdad, como se suele decir, que haya que esperar una generación para ver el resultado de los planes educativos. Cada vez que alguien se educa aprende algo y el resultado es enormemente importante, para él y para todos. Aunque sea enseñarle a leer un periódico, educar a cualquiera en algo, mejorar sus competencias en lo que sea, aumentar su información sobre cualquier cosa, minorar su ignorancia o su falta de habilidades es tremendamente importante.

Por ejemplo, es muy urgente invertir ya en educación de algunos de los Ministros del Gobierno. Es el caso del Ministro de Trabajo, Celestino Corbacho, quien ayer ha asegurado que la crisis financiera “debería estar finiquitada en dos meses una vez que retorne la confianza a los mercados”.

Finiquitar, en su primera acepción, es un término más bien financiero relacionado con firmar el finiquito de una cuenta, es decir con saldar algo; aunque, coloquialmente, se puede aplicar a acabar, concluir, rematar algo; y, en otro ámbito, en el de los malos cronistas taurinos, se emplee retóricamente diciendo “el morlaco fue finiquitado con eficacia por el espada”. En la Escuela de Ingeniería Industrial de la Politécnica de Madrid en la que estudié había un genial y famosísimo bedel, apodado Barrabás, al que recuerdo con inmenso cariño, con su anacrónico, ya entonces, bisoñé rubio, que tocaba la trompeta en los fines de semana en una orquestina, que cuando avisaba a los Catedráticos y Profesores de que el tiempo de clase había acabado -entonces los timbres eran una grosería y te avisaba de la hora una persona tan genial como mi entrañable amigo – decía muy castizamente: “D. Luis, no agote Vd. a los muchachos, el tiempo ha finiquitido”.

Pero dejemos mis recuerdos y volvamos a D. Celestino Corbacho, tan extremeño como catalán -ambas cosas igualmente respetables-, tan populista como ignorante -ambas cosas aborrecibles, aunque con un poco de educación lo de ser ignorante se quite más fácilmente que lo de ser populista-. Para mejor conocimiento de a qué me refiero, traigo aquí como muestra algunas de las perlas de su intervención de ayer: “La crisis financiera se debe acabar y pronto… todo lleva a pensar que la crisis financiera debería estar finiquitada en dos meses y después debería comenzar un factor de confianza”; “a la actual crisis global a veces es difícil de verle la cara”; “no es que no haya dinero… los bancos deberían comenzar a conceder créditos, ya”; “en el Banco Central Europeo cada día entran millones y millones de euros a depósito, pero no van a créditos a las entidades financieras”. Y así toda la intervención… Luego de demostrar su ignorancia en la cosa de la economía, habló de lo suyo, de la cosa del paro: la Encuesta de Población Activa (EPA), no le “sorprendió”; “sin quitarle importante al dato del incremento del paro…, la tendencia será de crecimiento del empleo, pero más atenuadamente que en septiembre y octubre” añadió. Y así…

Un monstruo el amigo Celestino Corbacho Chaves; ex alcalde de L´Hospitalet de Llobregat (Barcelona) y ex Presidente de la Diputación Provincial de Barcelona, que antes fue Vicepresidente primero de la misma y desde 1983 Concejal y luego Teniente de Alcalde y Portavoz Municipal en L´Hospitalet. El 12 de abril de 2008 fue designado Ministro de Trabajo por Rodríguez Zapatero. Muy buena carrera política, aunque el amigo Corbacho tenga algunas severas carencias de formación y de información que debería y podría subsanar con diligencia y con esfuerzo.

Corbacho no es el único iletrado y, lo grave de verdad, el único ignorante trabajando en política. Hay muchos más: en el PSOE y en el PP. Tampoco es que para ser un buen político sea absolutamente necesario ser Abogado del Estado o Registrador de la Propiedad: tampoco funciona bien ni Soraya Sáenz de Santamaría ni el propio Rajoy. Claro que lo contrario tampoco ayuda nada y los ejemplos son tantos que sobra ponerlos aquí.

A mi entender, un poco de formación previa y un mucho de prudencia a la hora de manifestarse ayudaría mucho a los políticos y nos ayudaría a todos a sentirnos mejor.

EL ERROR Y LA CONTUMACIA

Decía Ramón y Cajal: “Lo peor no es cometer un error, sino tratar de justificarlo, en vez de aprovecharlo como aviso providencial de nuestra ligereza o ignorancia.”

Lo malo no es equivocarse, lo malo es no saber que uno está equivocado. Aún peor es no querer admitir que uno se equivocó. Todavía peor, es negar que uno se equivocó del todo, admitiendo que se equivocó en algo cuando el error era, en realidad, apoteósico. Y el colmo es saber que te equivocaste radicalmente y no tener coraje pera reconocer: “me equivoqué del todo”.

Lo realmente grave no es el error, es la contumacia. Meter la pata y no saber sacarla; instalarse en el error. Si uno se equivoca falla su mente al analizar la realidad, si no sabe reconocer el error cuando es evidente lo que falla es su alma, su corazón.

Alan Greenspan se está cayendo del guindo en el que se subió, pero no termina de enterarse de su papel en este lío que tenemos, que ha sido el de protagonista. Él fue el que plantó el guindo del que no quiere caerse. Dice estar atónito con el “tsunami financiero” y reconoce que estuvo parcialmente equivocado y que no supo prever lo que está ocurriendo. También dice “que los mercados deberían haber estado más regulados y reconoció que estuvo “parcialmente” equivocado cuando apostó por la desregulación”. Añadió: “los mercados deberían estar mucho más regulados para haber impedido el peor tsunami financiero del último siglo”.

La desregulación y la llamada ingeniería financiera (¿por qué la llaman así?, yo pienso, desde mi confesada paranoia, que es ofensivo para los ingenieros que la llamen eso) son las causas para Greenspan, pero olvida que la última y primera causa de todo fue él y su política de tipos bajos sostenida durante lustros: eso proporcionó el gas que infló la burbuja. Con tipos de interés real negativos se dio crédito a quien no lo podía pagar, se promocionó y construyó lo que nos se debía haber promocionado ni construido nunca, y esa es la raíz de todo. Luego vino lo demás. Lo del abuso de la banca de inversiones, lo de la golfería de las agencias de rating, lo del agujero financiero, lo de la pérdida de confianza mutua entre bancos y lo del pánico en las bolsas. Greenspan no se quiere enterar de que su política fue la piedra angular de este crash que amenaza con llevárselo todo por delante o, peor aún, lo sabe y no quiere reconocerlo.

Dice el aforismo latino: “errare humanum est”. El error es humano. Y, además, digo yo que el error forma parte del camino a la verdad. Decía el sabio Tagore: “si cerráis la puerta a todos los errores, también la verdad se quedará fuera”.

Cada día me siento más libre y amo más la libertad y la independencia de criterio, incluso respecto a mis propias posiciones previas. Me he acostumbrado tanto a estar fuera de la jaula que ya no aguanto los barrotes aunque sean de oro. Pienso como Woody Allen que “Lo más importante y consustancial al ser humano es que nuestros errores son una clara muestra de nuestra capacidad de elegir”.

En mi juventud, un amigo que me conocía bien me dijo: ¿Sabes qué es lo que me gusta más de ti?, esa seguridad con la que te equivocas. No he visto a nadie equivocarse con tanta seguridad. Pero yo me pasaba la vida cayéndome del caballo, como San Pablo, y reconociendo que una vez más había fallado en mis presunciones. Poco a poco aprendí a no estar tan seguro. Seguí actuando con firmeza pero con menos seguridad en todo lo que hacía; aprendí a relativizar más las cosas. Ahora me sigo equivocando ¿o acertando? Pero, pese a la pasión que pongo en las cosas que digo o hago, nunca estoy seguro de nada y me gusta escuchar a los otros y a menudo especulo y cambio de opinión.

Si no te equivocas de vez en cuando, es que no lo intentas. Y si no lo intentas es seguro que te estás equivocando. Pienso con Mahatma Ghandi que “el error es a veces más generador de acción que la verdad”.

TEORÍAS

La base inicial de la teoría es la observación atenta de lo que ha ocurrido – inicialmente se acota lo que ocurre -, luego – mediante la especulación teórica – se explica lo ocurrido y por fin se articula la teoría completa. Cuando es así, cuando la teoría explica bien lo ocurrido, se adopta socialmente de forma masiva y se instala como un dogma. Y, a partir de ahí, se aplica para la interpretación de los nuevos fenómenos que se observan y para la predicción de lo que pueda ocurrir. Todas las teorías son formalizaciones simplificadoras de la realidad que tratan de explicar y justificar aquello que ya nos ha ocurrido.

Las personas necesitamos respuestas a nuestras preguntas, lo ignoto nos llena de ansiedad y sufrimos en medio de la cavilación y la duda; cuando por fin, instalada la teoría, todo tiene explicación, porque al fin hemos descifrado el código, porque dominamos el arcano y ya tenemos las claves para interpretar lo que ocurre, nos tranquilizamos. Se acabaron las preguntas y las dudas, ahora es el tiempo de las respuestas, el tiempo de las certezas. Esto es más confortable, no hay duda. Ante la perplejidad paralizante que nos atenaza cuando no entendemos algo, la teoría que lo explica, lo justifica y lo integra nos sirve de bálsamo social. La aceptación de los principios de la teoría provoca la desaparición de la ansiedad social y, aceptadas las bases por todos, puede comenzar la explotación de la teoría en la práctica: basándose en la teoría se desarrolla la ciencia y basándose en la ciencia se desarrolla la técnica.

Las teorías sirven para explicar lo que ya ha ocurrido, aunque, ya instaladas y aceptadas, pronto tratan de prevenir lo que nos pueda ocurrir. Pero la realidad social es tan cambiante y las teorías – por necesariamente simplificadoras – son tan inexorablemente parciales e incompletas que pronto aparecen nuevas evidencias experimentales que contradicen la teoría instalada. ¿Qué hacer entonces? La reacción social ante hechos que no somos capaces de entender, porque no se ajustan a las presunciones en las que están basados los paradigmas que integran la teoría establecida, no es nunca cuestionar la teoría sino más bien negar la evidencia, ocultar el hecho, o al menos intentar manipularlo o modificarlo. Parece mentira, pero así ha sido en la historia y así seguirá siendo; este comportamiento está en la naturaleza social del ser humano. Cuando se empiezan a acumular evidencias en contra de la teoría establecida nadie la pone en cuestión, antes preferimos no mirar lo que está pasando. Algunos individuos – usualmente los raros, los marginales, los rebeldes, los contestatarios, etc. – empiezan a protestar ante el embalsamiento de la realidad que supone la actitud mayoritaria de negar la evidencia, y son reprimidos y castigados por su actitud; los instalados, los oficialistas, los laureados, los académicos se aferran al paradigma apasionadamente y lo defienden a pesar de que cualquiera que no estuviera envuelto socialmente en la teoría, abrigado por ella, protegido por ella, y que conservara la lucidez, podría ver nítidamente lo que ocurre.

Al final, por acumulación de evidencias inexplicadas, y negadas pese a la evidencia, la crisis es inevitable; de pronto el castillo de naipes se desmorona, la teoría se derrumba y la perplejidad se instala en medio de la sociedad. Cuando la crisis se instala en nuestras mentes siempre es demasiado tarde. No nos hemos dado cuenta de que algo inexplicable e inexplicado ocurría y de pronto, cuando nos enteramos, cuando descubrimos la realidad, es después de que todo ya ha estallado bajo nuestros pies con estrépito.

Entonces cunde el pánico. Las crisis siempre son largas y la salida siempre es dolorosa. Los nuevos formuladores de paradigmas verdaderamente dignos de ser tomados en cuenta, tardan en ser aceptados. Cuando finalmente se encuentre el camino la rueda empezará de nuevo a rodar, comenzando un nuevo ciclo. En esos momentos, muchos de los que antes negaban la realidad, con tal de preservar la tranquilidad, serán capaces de aceptar alguna teoría insensata con tal de que la explicación que les dé les permita recobrar la tranquilidad. Es también el tiempo de los falsos profetas, de los curanderos, de los magos,…

¡Cuidado! Detrás de los científicos sanamente escépticos que formulan sus teorías, hay muchas veces malintencionados cínicos. A esos cínicos les trae sin cuidado la teoría, lo único que les interesa es arrimar el ascua a su sardina sea cual sea la circunstancia. Atentos, en estos tiempos de crisis, a los falsos profetas y sobre todo a los cínicos manipuladores que pronto aparecerán tratando de volver a sacar tajada.

En el siglo XIX y el primer tercio del XX la teoría económica instalada era el liberalismo, el paradigma era el libre mercado. Según los liberales dogmáticos la mano invisible de Adam Smith lo arreglaba todo; pese a que para él, para Smith, el mercado no lo arreglara todo, para sus epígonos dogmáticos sí. La respuesta a todos los problemas era dejar que las fuerzas de la oferta y la demanda hicieran su trabajo. Pero la crisis del 29, con su crash y su Gran Depresión posterior, se encargó de evidenciar que la teoría liberal ni explicaba todo ni, mucho menos, resolvía todo. Unos años después, en 1936, Keynes publicó su Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero que estableció las bases de la moderna intervención estatal a gran escala en la economía. De nuevo todo estaba explicado y sabíamos lo que había que hacer. No sólo había que ocuparse de la política monetaria, también estaba el Presupuesto para activar la economía desde el Estado. Pero, poco a poco, con el paso del tiempo, los cínicos empezaron a alentar las viejas tesis, aunque disfrazadas de novedades: surge entonces el neoliberalismo abanderado por la Escuela de Chicago y poco a poco su influencia se va agrandando hasta llegar a invadir de nuevo todo. Años más tarde, hoy, de nuevo la catástrofe pronosticada por algunos y negada por casi todos se produce.

¿Qué nuevo paradigma se instalará ahora? ¿Quién será el nuevo Keynes? ¿Cuánto tiempo tardarán después en volver a predicar los dogmáticos la siempre vieja buenanueva de que el mercado lo arregla todo, manipulados como siempre por los cínicos, que tratarán otra vez de aprovecharse? ¿Cómo lo llamarán? ¿Neo-neo-liberalismo?

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