En estos días hay -¡por fin!- un debate mundial acerca de las escandalosas retribuciones de los Presidentes Ejecutivos, Consejeros y Directivos de las empresas.

El debate se está centrando en que los responsables de haber llevado a la quiebra a algunas instituciones financieras y de seguros en los EEUU, después de haberse beneficiado de ayudas descomunales públicas para evitar su hundimiento, siguen teniendo el desparpajo, la poca vergüenza y la indecencia de cobrar bonus millonarios por su gestión. ¿Por qué gestión?, me pregunto.

Esto escandaliza a cualquiera, pero el tema de las retribuciones de los directivos es de más calado. No sólo es escandaloso que cobren esos bonus en el caso de que las compañías se hayan beneficiado de ayudas públicas, sino que es escandaloso en muchos otros casos.

Nada se puede oponer a que un empresario, dueño de una empresa, pague lo que le parezca oportuno a un directivo, si le parece que esa es la vía de mejorar la eficacia de su empresa. Pero en la mayor parte de los casos, por no decir en todos los casos de retribuciones excesivas no es ese el supuesto. Son compañías de capital privado pero en el que son millones los accionistas. Cierto que estos están representados por el Consejo de Administración y que éste rinde cuentas ante la Junta General de Accionistas una vez al año, pero aunque ambas instituciones –Consejo y Junta- sean representativas, no son, de hecho, participativas ni democráticas, ni hay un consenso real que soporte sus decisiones. Al final, el Consejo representa sólo a una exigua parte de los accionistas y decide sobre sus propias retribuciones. Aunque haya una Comisión de retribuciones del Consejo, es finalmente el Consejo el que fija las retribuciones del propio Consejo y el principio por el que se rigen es “do ut des”: te doy para que me des. Eso sin que pensemos en la endogamia que hay en las empresas del Ibex 35 en donde muchos consejeros están en varias empresas.

En realidad muchas grandes compañías que cotizan en bolsa están siendo sometidas a un expolio a los accionistas por parte de sus Consejos, que es consentido por el órgano que debería representarles .Esto lo sabemos todos.

Pensemos que en el juego de intereses que es una empresa se cruzan los de los accionistas con los de los clientes, los de los proveedores, los de los financiadores, los de los trabajadores, … y los de los directivos. Estos son juez y parte y deciden qué intereses son prioritarios en cada caso. Muchas veces los intereses de algunas de las partes son coincidentes, pero muchas otras son incompatibles y hay que mediar. El que media es el equipo que dirige, que nunca se olvida de sus propios intereses, que antepone a los de todos los demás. Mientras los trabajadores se van a la calle y se les recortan los dividendos a los accionistas o sus acciones pierden más de la mitad de su valor, los bonus de los directivos ni se enteran; siguen siendo enormes. Lo peor del tema es que en el caso raro de que se prescinda de algún directivo por su incapacidad o, más frecuentemente, por su incomodidad para el resto de directivos, la indemnización que se lleva es otro escándalo. Es la forma de taparle la boca.

Pero además de que es un expolio lo que se auto asignan, ligar las retribuciones de los directivos a los resultados a corto plazo de las empresas puede devenir en una catástrofe para la empresa a medio plazo, como estamos viendo.

Sostengo que no se debería ligar la retribución de los Consejos a los resultados para los accionistas. Aunque son éstos, los accionistas los que deberían decidir a través de sus órganos de gobierno lo que ganen éstos, la mejor forma de que defiendan los intereses de todos los grupos de interés es que ellos tengan una retribución fija, al margen de lo que la empresa tenga de beneficios.

Y desde luego que haya Presidentes ejecutivos de empresas con el capital repartido en bolsa cuya retribución pase de los 10 millones de euros es de juzgado de guardia. ¿Cómo lo consentimos? ¿Es que nos hemos vuelto todos locos?